Editorial SGB · Muestra gratuita

Aquel último invierno

Una historia de pérdida, amor y redención

CAPÍTULO 1

Antes del invierno

La última mañana verdaderamente normal comenzó con el ruido de una cuchara golpeando tres veces contra el borde de una taza. Él estaba junto a la ventana de la cocina, mirando cómo la humedad había empañado los vidrios durante la noche, cuando escuchó el sonido detrás de su espalda. No necesitó darse vuelta para saber qué estaba haciendo ella. Primero el café. Después una cucharada pequeña de azúcar. Tres vueltas lentas y aquel golpe involuntario contra la porcelana que llevaba tantos años escuchando que ya formaba parte de la casa. Afuera, la ciudad despertaba bajo un cielo gris. Todavía no era invierno, aunque el frío había comenzado a insinuarse en las mañanas. Ella dejó la cuchara sobre el plato y preguntó: —¿Vas a quedarte mucho tiempo mirando por esa ventana? Él sonrió. —Estoy esperando que pase algo interesante. —Entonces elegiste la ventana equivocada.

Se llamaba Clara. Aquella mañana llevaba el cabello recogido de cualquier manera y una de esas prendas enormes que usaba dentro de la casa y que él siempre amenazaba con tirar cuando ella no estuviera mirando. Clara respondía que, si alguna vez desaparecía, sabría perfectamente quién había sido el responsable. Después ambos se reían y el asunto terminaba allí. Habían construido una vida alrededor de conversaciones semejantes. Nada extraordinario. Ninguna de esas escenas que alguien imaginaría conservar para siempre. Una taza de café. Una discusión por una ventana abierta. Las llaves olvidadas sobre una mesa. Preguntas acerca de qué comprar para la cena. La intimidad estaba hecha principalmente de cosas pequeñas, aunque ninguno de los dos lo sabía todavía.

—Hoy voy a llegar tarde —dijo Clara.

Él finalmente se apartó de la ventana.

—¿Otra vez?

—Otra vez.

—Eso dijiste ayer.

—Porque ayer también llegué tarde.

Clara levantó la taza y lo miró por encima del borde.

—Excelente capacidad de observación.

Él quiso responder algo, pero terminó sonriendo. Había algo en ella que conseguía desarmar las discusiones antes de que empezaran. No siempre. Últimamente, no siempre. Pero aquella mañana todavía era posible.

Llevaban varios años juntos y habían llegado a esa etapa en que el amor ya no necesitaba anunciarse constantemente. Estaba en otras cosas. En saber cómo prefería el otro el café. En comprar dos panes aunque sólo hiciera falta uno porque ella seguramente querría comer después. En reconocer el sonido particular de sus pasos llegando por el pasillo. Habían atravesado discusiones, dificultades económicas, proyectos abandonados y reconciliaciones que algunas veces comenzaban con una disculpa y otras simplemente con alguno de los dos preguntando qué querían cenar. Él había llegado a pensar que aquello era precisamente permanecer: conocer suficientemente las imperfecciones de alguien y decidir quedarse de todos modos.

Sobre la mesa había un sobre blanco. Lo había visto cuando entró en la cocina, pero no preguntó qué contenía. Clara tampoco hizo referencia a él. Estaba colocado debajo de su teléfono, como si quisiera impedir que el papel pudiera moverse. En otro momento probablemente habría preguntado. Aquella mañana decidió no hacerlo. Durante las últimas semanas había aprendido que existían preguntas que modificaban inmediatamente la expresión de Clara. No era exactamente tristeza. Tampoco enojo. Era una especie de distancia momentánea, como si durante algunos segundos ella abandonara la habitación sin moverse de la silla.

—¿Qué hacemos el domingo? —preguntó él.

Clara tardó un instante en responder.

—No sé.

—Podríamos ir a algún lado.

—Podríamos.

—Eso no parece demasiado entusiasmo.

Ella dejó la taza.

—Estoy cansada, nada más.

Él asintió. Cansada. Esa palabra había empezado a aparecer demasiado seguido. Cansada cuando llegaba. Cansada cuando él proponía salir. Cansada cuando intentaba hablar de algunas cosas que habían quedado pendientes. Había aceptado la explicación porque resultaba cómoda. Todos podían estar cansados. El trabajo, las obligaciones, los días que parecían cada vez más cortos. Había razones suficientes para no buscar otras.

Clara se levantó y llevó la taza hasta la pileta. El sobre quedó descubierto durante unos segundos. Él alcanzó a distinguir algunas letras impresas en una esquina, pero apartó la mirada antes de poder leerlas. No quería convertirse en esa clase de persona. Si había algo importante, ella se lo contaría. Siempre habían funcionado así. O al menos eso pensaba. Clara regresó, tomó el sobre y lo guardó rápidamente dentro de su bolso.

—¿Qué es eso? —preguntó finalmente.

Ella se detuvo.

Fue apenas un segundo.

—Nada importante.

Después cerró el bolso.

Él podría haber insistido. No lo hizo.

Mucho tiempo más tarde regresaría innumerables veces a ese instante. Intentaría recordar el tono exacto de aquella respuesta, la manera en que Clara había sostenido el bolso, incluso dónde estaba parada cuando dijo aquellas dos palabras. Nada importante. La memoria tiene esa costumbre absurda de convertir pequeños acontecimientos en pruebas cuando ya conocemos el final. Pero aquella mañana él no conocía ningún final. Por eso simplemente tomó su abrigo y buscó las llaves.

Antes de salir, Clara lo llamó desde la cocina.

—¿Te vas sin despedirte?

Él regresó dos pasos y ella se acercó. Se dieron un beso rápido, automático, uno de esos besos que pertenecen más a la costumbre que al deseo.

—Nos vemos esta noche —dijo él.

—Sí.

—¿Seguro?

Clara frunció el ceño.

—¿Por qué preguntás eso?

—Por nada.

Ella lo observó durante unos segundos y después sonrió.

—Nos vemos esta noche.

Él cerró la puerta detrás de sí.

El pasillo estaba frío. Mientras esperaba el ascensor metió las manos en los bolsillos y pensó que debería comenzar a usar una campera más gruesa. Cuando las puertas se abrieron encontró al vecino del cuarto piso con un perro diminuto temblando entre sus brazos.

—Se viene el invierno —dijo el hombre.

—Todavía falta.

—Llega antes de lo que uno cree.

Él respondió con una sonrisa y bajaron en silencio.

La ciudad ya estaba despierta cuando salió a la calle. Autos, colectivos, bocinas, personas caminando con vasos de café y teléfonos en las manos. Todo parecía exactamente donde debía estar. Compró el diario en el mismo kiosco de siempre, saludó al hombre que acomodaba las revistas y comenzó a caminar hacia el trabajo. A mitad de cuadra recibió un mensaje.

Era Clara.

No te olvides de comprar pan.

Él escribió:

Dos. Porque después decís que uno no alcanza.

Aparecieron los tres puntos indicando que ella estaba respondiendo. Desaparecieron. Volvieron a aparecer.

Finalmente llegó un corazón.

Guardó el teléfono.

Durante años intentaría comprender por qué recordaba con tanta precisión aquella mañana. Tal vez porque fue la última en la que no tuvo miedo. La última en que el futuro todavía parecía una extensión natural del presente. La última vez que caminó por aquellas calles convencido de que al regresar encontraría a Clara, su taza sobre la mesa, alguna ventana abierta y una discusión insignificante esperando continuar.

Pero entonces no podía saberlo.

Nadie sabe cuándo está viviendo el último día de una vida que cree definitiva.

Aquel hombre caminaba hacia su trabajo pensando en comprar pan.

Detrás de él, en alguna parte de la ciudad, las primeras hojas secas comenzaban a caer.

Todavía no era invierno.

Pero el frío ya había empezado.