CAPÍTULO 1
El principio del laberinto
Mucho antes de convertirse en uno de los escritores más influyentes del siglo XX, mucho antes de que su nombre recorriera universidades, bibliotecas y lenguas que jamás escucharía pronunciar, Jorge Luis Borges fue simplemente un niño. Un niño curioso, silencioso, observador. Un niño que creció rodeado de algo que para otros habría sido apenas un conjunto de objetos inmóviles, pero que para él terminaría convirtiéndose en una forma de mirar el universo. Mientras otros descubrían el mundo en las calles, en los juegos o en las aventuras propias de la infancia, Borges comenzó a descubrirlo entre estantes cargados de libros. Allí, sin saberlo, ingresó en el primer laberinto de su vida.
Los laberintos suelen imaginarse como construcciones complejas, llenas de pasillos que se bifurcan y caminos que parecen conducir a ninguna parte. Sin embargo, el primer laberinto de Borges no estaba hecho de piedra ni de muros. Estaba hecho de palabras. Cada libro que abría contenía otros mundos, otras épocas, otras voces. Cada página era una puerta. Cada historia escondía nuevas preguntas. Lo extraordinario no era únicamente que leyera mucho. Lo extraordinario era la forma en que esos libros comenzaban a mezclarse con la realidad hasta convertirla en algo más amplio, más ambiguo y más fascinante. Mientras otros aprendían dónde terminaban las cosas, Borges parecía descubrir que todo estaba conectado con todo.
Su infancia transcurrió en una casa donde los libros no eran adornos culturales ni símbolos de prestigio intelectual. Eran parte de la vida cotidiana. Respiraban junto a quienes habitaban aquellas habitaciones. Estaban presentes en las conversaciones, en los silencios y en las horas lentas de cada día. Su padre poseía una biblioteca considerable y aquella colección terminaría siendo mucho más que un conjunto de lecturas. Se convertiría en un territorio. En un universo privado. En una geografía emocional que acompañaría a Borges durante toda su existencia. Décadas después, cuando intentara explicar quién había sido, volvería una y otra vez a esa biblioteca. Porque algunas personas heredan propiedades, fortunas o apellidos. Borges heredó preguntas.
Resulta tentador pensar que los grandes escritores nacen sabiendo quiénes serán. La realidad suele ser bastante menos romántica. Nadie observaba a aquel niño y podía prever con certeza que estaba destinado a modificar la literatura universal. Lo que sí podía percibirse era una sensibilidad particular. Una inclinación natural hacia el asombro. Una fascinación casi inagotable por aquello que no tenía respuestas simples. Mientras muchos buscan certezas para sentirse seguros, Borges parecía sentirse atraído precisamente por los misterios. No le inquietaban las preguntas difíciles. Lo inquietaban las respuestas demasiado rápidas.
Quizá por eso su obra futura estaría poblada de espejos, bibliotecas infinitas, dobles, sueños, tiempos circulares y laberintos. Todos esos símbolos que más tarde fascinarían a millones de lectores ya estaban presentes de alguna forma en aquel niño que observaba el mundo con una mezcla extraña de curiosidad y perplejidad. Antes de escribir sobre universos infinitos, había sentido el vértigo de descubrir que una sola idea podía contener muchas otras. Antes de imaginar bibliotecas interminables, había aprendido que un libro podía cambiar para siempre la vida de quien lo abría. Antes de reflexionar sobre el tiempo, había comprendido que algunas experiencias de la infancia nunca abandonan realmente a una persona.
Cada vida tiene un punto de partida visible y otro invisible. El visible suele registrarse en documentos, fotografías y fechas. El invisible es más difícil de encontrar. Es el instante en que una vocación comienza a formarse sin que nadie lo advierta. Es el momento en que una sensibilidad particular empieza a tomar forma. Es la pequeña chispa que años después permitirá comprender toda una existencia. Para Borges, ese punto invisible no fue un premio, ni una publicación, ni una conferencia. Fue algo mucho más simple y mucho más profundo. Fue un niño entrando en una biblioteca. Fue un niño descubriendo que dentro de los libros existían mundos enteros esperando ser recorridos.
Allí comenzó todo. No la fama. No la obra. No el reconocimiento. Comenzó algo más importante. Comenzó el laberinto que lo acompañaría durante toda su vida. Y como ocurre con los verdaderos laberintos, nadie sabía todavía hasta dónde llegaría ni cuántos caminos inesperados escondería en su interior.