Editorial SGB · Muestra gratuita

La Argentina de Mi-Ley

Lo que el discurso promete y la realidad termina mostrando

CAPÍTULO 1

El país que estaba dispuesto a probar algo distinto

Argentina no llegó a 2023 buscando simplemente un presidente nuevo. Llegó buscando una salida. Durante años, palabras como inflación, deuda, déficit, inseguridad, pobreza, dólar, ajuste y crisis habían dejado de pertenecer a los economistas para instalarse en la conversación cotidiana. El problema ya no era solamente que las cosas funcionaran mal: era la sensación de haber escuchado demasiadas veces las mismas explicaciones. Una generación entera había crecido viendo cómo gobiernos de signos diferentes prometían ordenar aquello que el gobierno anterior había dejado desordenado. Las caras cambiaban. Los discursos también. Pero una parte importante de la sociedad comenzó a sentir que el mecanismo seguía siendo el mismo. Cuando 2023 terminó, la inflación anual había alcanzado oficialmente el 211,4 por ciento. El dato explica por sí solo una parte del clima social, aunque no alcanza para explicar todo lo que estaba sucediendo dentro de las personas.

Porque las sociedades no votan únicamente con el bolsillo. También votan con el cansancio, con la decepción, con el miedo y, algunas veces, con bronca. Existe un momento en toda crisis prolongada en el que el ciudadano deja de preguntarse cuál de las alternativas conocidas es mejor y empieza a preguntarse algo mucho más peligroso para el sistema político tradicional: ¿por qué tendría que seguir eligiendo entre las mismas alternativas? Esa pregunta comenzó a recorrer silenciosamente la Argentina mucho antes de que pudiera medirse en las urnas. Había personas que ya no esperaban soluciones extraordinarias; esperaban simplemente que algo dejara de repetirse. El hartazgo no necesitaba todavía un nombre. Necesitaba un lugar donde depositarse. Cuando finalmente lo encontró, la política argentina descubrió que una parte del electorado estaba dispuesta a aceptar un riesgo nuevo antes que continuar soportando una frustración conocida.

Javier Milei apareció dentro de ese escenario no solamente como candidato, sino como ruptura. Su manera de hablar, sus formas, su diagnóstico del Estado, su confrontación con la denominada “casta” y su defensa radical de determinadas ideas económicas resultaban incompatibles con buena parte del lenguaje político tradicional. Precisamente por eso funcionaron. Allí donde otros candidatos buscaban transmitir previsibilidad, Milei ofrecía demolición. Allí donde otros prometían administrar, él prometía transformar. Donde la política convencional intentaba conservar instituciones, acuerdos y equilibrios, él señalaba muchas de esas estructuras como responsables del problema. Para quienes lo rechazaban, aquello era una amenaza. Para quienes estaban agotados, podía convertirse en una oportunidad. La elección presidencial de 2023 terminó confirmando que aquella propuesta había conseguido atravesar la condición de fenómeno electoral y obtener la Presidencia de la Nación mediante el ballotage.

Sería demasiado sencillo interpretar ese resultado afirmando que millones de argentinos adoptaron repentinamente una doctrina económica completa. Probablemente muchos votantes jamás habían leído a los autores citados en los discursos libertarios, ni necesitaban hacerlo. La política electoral rara vez funciona como un examen universitario de teoría económica. Para una parte de la sociedad, el voto significó adhesión ideológica. Para otra, rechazo al oficialismo. Para otros fue desesperación, esperanza, castigo, curiosidad o incluso una apuesta. En una elección pueden convivir motivos contradictorios dentro de una misma boleta. Pensar que todos quienes votaron a un candidato lo hicieron por exactamente las mismas razones equivale a desconocer cómo funcionan las sociedades. Lo que sí parecía unir a muchos de ellos era algo más profundo: la convicción de que continuar exactamente igual ya no constituía una alternativa aceptable.

Eso cambió la naturaleza del riesgo político. Durante mucho tiempo, una parte del electorado argentino había temido las consecuencias de las transformaciones demasiado profundas. En 2023 ocurrió algo distinto: para muchos, el riesgo comenzó a ser no transformar nada. Cuando una sociedad llega a ese punto, propuestas que en épocas de estabilidad podrían parecer extremas adquieren otro significado. La dolarización, la reducción drástica del gasto, la eliminación o transformación de organismos estatales, las privatizaciones o una desregulación intensa podían generar dudas, pero el statu quo también las generaba. El ciudadano ya no comparaba una propuesta desconocida con un presente satisfactorio; la comparaba con una realidad que consideraba agotada. Allí se produjo una de las alteraciones psicológicas más importantes de aquel proceso electoral: lo desconocido dejó de ser necesariamente lo más temido.

También había una ruptura emocional con la representación política. Para una porción significativa de la ciudadanía, la distancia entre dirigentes y vida cotidiana se había vuelto demasiado visible. Mientras las instituciones hablaban de programas, consensos, restricciones, negociaciones y tiempos políticos, una familia podía experimentar la crisis de otra manera: mirar un precio por la mañana y encontrar otro por la tarde; postergar una compra; reducir una salida; perder capacidad de ahorro; preguntarse cuánto valdría el salario al mes siguiente. Las explicaciones macroeconómicas podían ser correctas y, sin embargo, fracasar políticamente frente a una experiencia mucho más simple: la vida se estaba haciendo difícil. Cuando esa sensación se vuelve prolongada, el ciudadano comienza a castigar no solamente los resultados. También castiga el lenguaje con el que los dirigentes intentan explicárselos.

Milei comprendió —o representó— esa ruptura antes que muchos de sus adversarios. Su mensaje no intentaba tranquilizar al sistema: lo acusaba. No prometía corregir algunos mecanismos: planteaba que muchos de esos mecanismos eran precisamente el problema. Esa diferencia fue fundamental. En contextos normales, un discurso semejante puede producir rechazo porque amenaza demasiadas certezas. Pero Argentina no atravesaba un contexto normal. El enojo había modificado la disposición social frente al cambio. Incluso personas que no compartían cada propuesta podían coincidir con el diagnóstico general de agotamiento. Allí reside una clave que conviene recordar durante todo este libro: una sociedad puede elegir una transformación sin conocer todavía todas sus consecuencias. El voto autoriza un rumbo; no garantiza que quienes lo eligen puedan anticipar cada estación del camino.

Por eso el comienzo de esta historia no debe escribirse como una celebración ni como una condena. Debe escribirse como una pregunta. ¿Qué lleva a un país a entregarle el gobierno a una propuesta que promete alterar profundamente las reglas conocidas? La respuesta comienza antes de Milei. Comienza en las frustraciones acumuladas, en las promesas incumplidas, en la pérdida de confianza, en una economía que dejó de ofrecer estabilidad y en una clase política que para muchos ciudadanos dejó de representar una solución. Argentina no votó solamente a alguien. Votó la posibilidad de que algo diferente ocurriera. Y ese quizá sea el dato más importante para comprender todo lo que vino después. Porque cuando una sociedad está dispuesta a probar algo distinto, también acepta entrar en un territorio donde todavía no conoce el resultado. La promesa acababa de ganar su oportunidad. Ahora tendría que encontrarse con la realidad.