Editorial SGB · Muestra gratuita

René

La mejor forma de ser argentino

CAPÍTULO 1

Antes del nombre

René Gerónimo Favaloro nació en La Plata el 12 de julio de 1923 y creció en El Mondongo, un barrio profundamente ligado al mundo del trabajo. Su padre, Juan Bautista, era ebanista; su madre, Ida Raffaelli, modista. No estamos todavía frente al cirujano cardiovascular conocido en todo el mundo, ni frente al fundador de instituciones, ni frente al hombre cuyo apellido terminaría atravesando generaciones de argentinos. Estamos frente al hijo mayor de una familia donde el trabajo tenía una dimensión concreta: madera, herramientas, telas, horas frente a una máquina de coser, esfuerzo cotidiano y una economía en la que nada sobraba. Años después, el propio Favaloro recordaría con particular fuerza esa casa y el taller de su padre. No porque necesitara construir un origen humilde para engrandecer su historia posterior, sino porque allí encontraba valores que seguiría reivindicando: dedicación, cuidado por el trabajo bien hecho y una relación entre oficio y responsabilidad que no dependía del reconocimiento exterior. La Fundación Favaloro conserva sus propios recuerdos sobre aquel entorno y sobre cómo, desde los diez o doce años, colaboraba durante las vacaciones en el taller familiar. Fundación Favaloro

Hay algo significativo en ese taller que conviene no transformar en profecía. Sería demasiado fácil mirar desde el futuro y decir que el niño que trabajaba con madera ya estaba preparándose para convertirse en cirujano. Él mismo, sin embargo, establecería años después una relación entre aquellas manos y su formación médica: cuando escuchaba al profesor Federico Christmann señalar la importancia de la destreza manual para la cirugía, recordaba el aprendizaje junto a su padre. La anécdota tiene fuerza precisamente porque no necesita ser adornada. Antes de operar un corazón, Favaloro había conocido la disciplina de un oficio donde un error de medida podía arruinar una pieza y donde el resultado final dependía de paciencia, práctica y precisión. Pero el legado familiar no se limitaba a la habilidad de las manos. En sus recuerdos aparece también la dedicación de su madre a la costura, el esfuerzo compartido para sostener la casa y una educación donde trabajar no parecía separado de hacer las cosas con dignidad. Esa experiencia no demuestra automáticamente cómo pensaría décadas después, pero ofrece un primer contexto para comprender por qué el trabajo, el esfuerzo y la responsabilidad ocuparían un lugar tan persistente en su discurso público. Fundación Favaloro

La educación pública fue la segunda gran estructura de esa formación. Cursó la escuela primaria en la Escuela N.º 45 Manuel Rocha y en 1936 ingresó al Colegio Nacional de La Plata. El dato parece administrativo hasta que entendemos qué significaba esa institución dentro de la Universidad Nacional de La Plata y qué posibilidades abría para un joven proveniente de una familia trabajadora. Al finalizar el bachillerato, en 1941, fue designado celador del propio Colegio Nacional como reconocimiento a su desempeño y, también, como una ayuda que permitía facilitar la continuidad de sus estudios. En 1942 ingresó a la Facultad de Ciencias Médicas. La universidad pública no aparece entonces como decoración retrospectiva del relato, sino como parte verificable de su recorrido. Ese punto será importante más adelante porque Favaloro hablaría repetidamente sobre educación, igualdad de oportunidades y responsabilidad social. Pero todavía no necesitamos atribuirle conclusiones futuras al estudiante. Por ahora alcanza con observar algo más simple: una familia sin grandes recursos encontraba en el sistema educativo una posibilidad concreta de continuidad, y René la utilizó con una dedicación que las propias instituciones registraron. Fundación Favaloro

La medicina tampoco apareció inmediatamente asociada al corazón. Esta es otra de las simplificaciones que conviene desmontar desde el comienzo. Favaloro se graduó en 1949 y su tesis doctoral estuvo dedicada al íleo, dentro del campo del abdomen agudo. El trabajo, preservado hoy por el repositorio institucional de la Universidad Nacional de La Plata, permite escuchar algo que ninguna reconstrucción posterior podría reemplazar: al joven médico hablando de su propia formación clínica. Allí describe su paso como practicante por el Hospital Policlínico y la dificultad inicial de aprender a examinar un abdomen, reconocer signos y transformar conocimiento teórico en experiencia clínica. No se presenta como prodigio. Habla de aprendizaje, de manos todavía inexpertas y de la influencia de sus maestros. Esa fuente es especialmente valiosa para este libro porque rompe con la tentación de presentar a los grandes médicos como si siempre hubieran sabido. Favaloro también tuvo que aprender a mirar, palpar, equivocarse, comparar, preguntar y volver a intentarlo. Su tesis no es una pieza sobre el hombre que ya había llegado. Es el documento de alguien que todavía se estaba formando. Sedici

En el Hospital Policlínico de La Plata esa formación dejó de ser exclusivamente académica. La documentación de la Fundación Favaloro y de la Universidad registra su residencia y su actividad hospitalaria antes de la etapa pampeana. Allí aparecen pacientes reales, guardias, urgencias y una medicina que obligaba a convertir el conocimiento en decisiones concretas. Esta experiencia importa porque permite matizar una afirmación del manuscrito original: no necesitamos decir que desde muy joven Favaloro “sabía” que la excelencia debía compartirse o que ya había elaborado toda la ética que defendería décadas después. Eso sería escribir el pasado desde el hombre que conocimos después. Lo que sí podemos afirmar es que su formación médica se desarrolló dentro de instituciones públicas, en contacto directo con pacientes y bajo una tradición clínica que él mismo reconoció como decisiva. La ética posterior no apareció en el vacío. Se fue construyendo dentro de experiencias donde aprender medicina significaba también atender personas que no llegaban al hospital como casos abstractos, sino con historias, necesidades y desigualdades concretas. Fundación Favaloro

Y ahí empieza a aparecer una dimensión que el libro original intuía, pero que ahora vamos a mostrar con mayor rigor: la medicina como práctica social. No hace falta idealizar a Favaloro para encontrarla. Su propia trayectoria posterior la vuelve visible. Cuando terminó su etapa inicial de formación, no pasó directamente del hospital argentino a los grandes centros de cirugía cardiovascular de Estados Unidos. Antes hubo casi doce años en Jacinto Aráuz, La Pampa. Había llegado en 1950 para reemplazar temporalmente a un médico y terminó permaneciendo allí hasta comienzos de 1962. Ese solo dato altera la narrativa del “genio que viajó al exterior y volvió con una técnica revolucionaria”. Entre la facultad y Cleveland existió una década larga de medicina rural. Y esa década no fue un paréntesis. Años después, el propio Favaloro la señalaría como un período determinante para comprender el sentido social de la medicina. No necesitamos convertir esa frase en lema todavía. Primero tendremos que entrar en ese pueblo y observar qué ocurrió allí. Fundación Favaloro

Lo importante para este primer capítulo es comprender que René no comenzó siendo aquello que recordamos. No nació con una técnica, con una Fundación ni con una posición consolidada sobre el sistema sanitario. Nació en un barrio de La Plata, trabajó en el taller familiar, atravesó instituciones de educación pública, estudió medicina, pasó por salas hospitalarias y escribió una tesis sobre un problema abdominal que nada tenía que ver con la especialidad que después lo convertiría en una figura mundial. Esa secuencia devuelve humanidad a una historia que suele contarse desde sus puntos más altos. Y devolver humanidad no disminuye la grandeza. La vuelve comprensible. Permite ver que detrás de los resultados hubo acumulación de experiencia, maestros, instituciones, práctica y una disposición persistente a seguir aprendiendo. El Favaloro reconocido internacionalmente no puede entenderse sin ese estudiante que admitía cuánto le había costado aprender a examinar con sus propias manos. Sedici

También empieza a aparecer acá una palabra que tendremos que utilizar con cuidado durante todo el libro: mérito. Su trayectoria muestra esfuerzo personal de manera evidente, pero sería incompleto contarla como una historia de voluntad individual. Hubo una familia que trabajó para sostener educación, escuelas y universidad públicas, profesores, hospitales, compañeros y una estructura educativa que le permitió avanzar. El propio Favaloro reconocería a sus maestros y a su familia en sus escritos. Este detalle es fundamental porque después hablaremos mucho de una de las ideas que atravesó su vida: el nosotros por encima del yo. No debemos atribuir esa formulación completa al muchacho de veinte años; sí podemos observar que su biografía nunca fue una construcción aislada. Incluso una figura excepcional se forma dentro de comunidades. Recordarlo impide convertir la historia en una fábula individualista donde el talento por sí solo explica todo. También nos prepara para comprender por qué, cuando Favaloro tuvo más adelante la oportunidad de pensar instituciones, no las imaginó únicamente alrededor de su nombre. Fundación Favaloro

Por eso el capítulo no termina con un héroe. Termina con un médico joven que todavía está lejos de Cleveland y mucho más lejos del bypass. Tiene título, formación hospitalaria y una historia familiar marcada por trabajo y educación, pero la etapa capaz de modificar de manera profunda su relación con la medicina está apenas por comenzar. En 1950, aquello que debía ser un reemplazo temporario lo llevó a Jacinto Aráuz. Pensaba permanecer algunos meses; serían casi doce años. Allí la medicina dejaría de ser solamente una disciplina aprendida en aulas y hospitales urbanos para convertirse en una práctica atravesada por comunidad, prevención, distancia, recursos limitados y convivencia cotidiana con las personas a las que atendía. Antes de cambiar la cirugía cardiovascular mundial, René Favaloro tendría que aprender algo que ninguna tecnología podía enseñarle: qué significa ser médico cuando detrás de cada paciente existe una comunidad entera.