CAPÍTULO 1
EL DÍA DESPUÉS DE LA VICTORIA
La guerra había terminado, pero Matías Keller todavía no conseguía creerlo. Lo había escuchado en la radio, en las voces exaltadas que atravesaban las calles, en los soldados que se abrazaban sin importarles quién los estuviera mirando y en las campanas que habían comenzado a sonar como si Europa hubiera esperado seis años para recuperar de golpe todos sus sonidos. Había hombres bebiendo sobre los escombros, mujeres llorando en las veredas y niños corriendo detrás de vehículos militares sin comprender del todo por qué los adultos parecían haberse vuelto locos. En algunos edificios aparecieron banderas que llevaban años escondidas. En otros, las ventanas permanecieron cerradas. No todos tenían a quién abrazar. No todos podían celebrar una victoria que había llegado demasiado tarde para las personas que habían esperado verla. Matías observaba aquella multitud desde la entrada del hospital y sentía algo parecido a la alegría, pero no conseguía entregarse completamente a ella. Había pasado demasiado tiempo aprendiendo que después de cada momento de calma podía llegar una sirena. Su cuerpo todavía esperaba el próximo ataque aunque el mundo acabara de anunciarle que ya no habría ninguno.
El hospital tampoco sabía que la guerra había terminado. Las camas continuaban ocupadas. Los vendajes seguían manchándose de sangre. Había amputados aprendiendo a mirar el espacio donde antes había existido una parte de su cuerpo y enfermos cuya muerte no podía ser detenida por ninguna rendición. Los antibióticos escaseaban, los instrumentos habían sido utilizados hasta límites absurdos y el cansancio de médicos y enfermeras ya no podía medirse en horas de sueño perdidas. La paz no había llegado a aquellas habitaciones. Había llegado una noticia. Matías comprendió entonces algo que jamás olvidaría: los acontecimientos históricos podían suceder en un instante, pero sus consecuencias necesitaban años para terminar de ocurrir. Firmar la paz era relativamente sencillo. Conseguir que la paz llegara hasta el cuerpo de un hombre que despertaba gritando cada madrugada era otra cosa. Hacerle comprender a una mujer que ya no debía correr hacia un refugio cuando escuchara un avión era otra cosa. Convencer a un niño de que podía dormir sin zapatos puestos por si tenía que escapar era otra cosa. Europa había ganado el derecho a reconstruirse. Nadie había prometido que supiera cómo hacerlo.
Ana Vogel apareció al final del pasillo llevando una bandeja con instrumental. Tenía el cabello recogido de cualquier manera y unas ojeras que parecían haberse convertido en parte permanente de su rostro. Matías la había visto así tantas veces que ya no recordaba exactamente cómo era antes de la guerra. Quizá ninguno de los dos lo recordara. Ella dejó la bandeja sobre una mesa y se acercó a una ventana desde donde llegaban los gritos de celebración. Permaneció unos segundos escuchando. Después miró a Matías. No sonrió. Tampoco parecía triste. Había una especie de incredulidad en su expresión, como si estuviera esperando que alguien entrara para decirles que todo había sido un error. Matías quiso decir algo adecuado para aquel momento. Habían imaginado tantas veces el final de la guerra que debería haber existido una frase preparada. No la encontró. Ana tampoco. Terminaron mirando juntos hacia la calle mientras dos desconocidos bailaban entre restos de mampostería. Aquella escena habría resultado absurda en cualquier otro tiempo. Allí parecía perfectamente lógica. Después de tantos años evitando la muerte, algunas personas necesitaban mover el cuerpo simplemente para comprobar que todavía les pertenecía.
—Terminó —dijo Ana finalmente.
Matías asintió.
No había nada más que agregar.
Durante años habían pronunciado aquella palabra como una promesa. Cuando termine. Cuando terminara volverían a dormir. Cuando terminara buscarían a los desaparecidos. Cuando terminara podrían pensar en una casa, en una mesa, en una vida que no dependiera del sonido de una sirena. Habían colocado tantos deseos detrás de aquellas dos palabras que ahora resultaba imposible saber por dónde empezar. Matías comprendió que había utilizado el final de la guerra como una frontera imaginaria. Del otro lado suponía que estaría la vida. Pero allí estaba y no sentía haber cruzado ninguna frontera. Continuaba usando la misma ropa, caminando por el mismo hospital, reconociendo los mismos olores. Los muertos seguían muertos. Las ciudades continuaban destruidas. Las personas que no regresarían no habían recibido la noticia de la victoria. El mundo había cambiado y, al mismo tiempo, todo aquello que realmente dolía permanecía exactamente donde estaba.
Ana volvió al trabajo. Eso también le pareció significativo. No hubo ceremonia entre ellos. Ningún beso cinematográfico en medio de la celebración, ninguna declaración que convirtiera inmediatamente el horror en pasado. Había pacientes esperando. Matías la siguió. Entraron en una habitación donde un muchacho de apenas veinte años tenía una pierna amputada por encima de la rodilla. Había recibido la noticia del final de la guerra unas horas antes y desde entonces permanecía mirando el techo. Su nombre era Friedrich. Había sido reclutado cuando todavía tenía cara de adolescente y ahora parecía un anciano atrapado dentro de un cuerpo demasiado joven. Matías revisó la herida. Evolucionaba mejor de lo esperado. Ana cambió parte del vendaje mientras Friedrich observaba cada movimiento con una distancia que resultaba más preocupante que el dolor. Cuando terminaron, el muchacho preguntó si era cierto que todo había acabado. Matías respondió que sí. Friedrich guardó silencio unos segundos y después formuló la pregunta que ninguno de ellos estaba preparado para contestar.
—¿Y ahora qué hago?
Matías sintió que aquella pregunta no pertenecía solamente al muchacho.
Europa entera estaba preguntando lo mismo.
¿Qué hacía ahora un soldado que regresaba sin una pierna? ¿Qué hacía una madre que había sobrevivido a sus hijos? ¿Qué hacía un niño sin padres? ¿Qué hacía una ciudad cuando debajo de sus edificios derrumbados había quedado enterrada también la idea que tenía de sí misma? ¿Qué hacían ellos dos, Matías y Ana, después de haber pasado años posponiendo cualquier proyecto personal porque proyectar el futuro durante una guerra parecía una forma peligrosa de ingenuidad? Matías podría haberle hablado a Friedrich de rehabilitación, de prótesis, de posibilidades médicas. Lo había hecho con otros pacientes y sabía que esas explicaciones eran necesarias. Pero comprendió que el muchacho no estaba preguntando por su pierna. Preguntaba qué debía hacer con el hecho de seguir vivo. Y para eso Matías no tenía título universitario que pudiera ayudarlo.
—Mañana empezamos —respondió.
Friedrich giró lentamente la cabeza.
—¿A hacer qué?
Matías pensó unos segundos.
—A descubrirlo.
Al salir de la habitación, Ana lo miró. No hizo comentarios, pero él supo que había entendido. Durante la guerra casi todas las decisiones habían sido inmediatas. Detener una hemorragia. Encontrar refugio. Conseguir comida. Trasladar heridos. Sobrevivir hasta la mañana siguiente. La paz introducía una dificultad nueva: el tiempo volvía a extenderse. De pronto existía la posibilidad de un mes próximo, de un invierno siguiente, de varios años. Esa amplitud que antes habría parecido un privilegio ahora podía producir vértigo. Tener futuro significaba tener que decidir qué hacer con él. Y había personas que habían dedicado toda su energía a sobrevivir sin imaginar que algún día tendrían que responder esa pregunta.
Esa tarde Matías salió del hospital por primera vez sin sentir que abandonar el edificio durante unos minutos fuera una irresponsabilidad. Caminó sin rumbo. La ciudad era una superposición de celebración y duelo. En una esquina un grupo de soldados compartía botellas. Dos calles después, una mujer revolvía restos de un edificio buscando objetos que pudieran pertenecerle. Más adelante encontró una fila de personas esperando comida. Nadie parecía habitar exactamente el mismo acontecimiento. Para algunos era el día de la victoria. Para otros era simplemente otro día sin noticias de alguien. Matías comprendió que la palabra paz podía significar cosas muy diferentes dependiendo de cuánto hubiera perdido cada persona antes de escucharla. Se detuvo frente a una pared parcialmente derrumbada. Allí alguien había escrito nombres con carbón. Algunos tenían fechas. Otros sólo una pregunta al lado: ¿Dónde estás? Aquellos mensajes habían aparecido por toda Europa. Eran cartas dirigidas a nadie y a todos. Personas buscando personas en un continente que había aprendido a desaparecerlas.
Entre aquellos nombres Matías recordó uno.
Noah.
No sabía por qué apareció precisamente entonces. Habían pasado meses desde aquella noche. Había atendido a cientos de heridos desde entonces. Algunos sobrevivieron. Otros no. Debería haber sido imposible conservar cada rostro. Sin embargo, recordó al niño cubierto de polvo, sus ojos abiertos mientras intentaban impedir que perdiera el conocimiento, el pequeño cuerpo destrozado por una guerra cuya causa jamás habría podido comprender. Recordó a Ana inclinándose sobre él y diciéndole que gritara. Recordó la operación. Recordó las horas siguientes. Después, como ocurría tantas veces, el niño había sido trasladado y la guerra los había arrastrado hacia otras urgencias. Matías había preguntado alguna vez por él. Las respuestas fueron imprecisas. En aquellos meses las personas cambiaban de hospital, de ciudad, de zona de ocupación; los registros se perdían y muchas identidades quedaban reducidas a papeles escritos apresuradamente.
Regresó al hospital cuando comenzaba a oscurecer. Ana estaba sentada en una pequeña habitación que utilizaban para descansar, aunque casi nunca descansaban allí. Tenía una taza entre las manos. Matías entró y cerró la puerta. Durante unos segundos ninguno habló. Afuera todavía se escuchaban canciones. Ana levantó la vista y algo en el rostro de Matías debió anticiparle la pregunta.
—Estuve pensando en el niño —dijo él.
Ana no necesitó preguntar cuál.
—Noah.
Pronunciar el nombre hizo que la habitación cambiara. De pronto la guerra no era un acontecimiento enorme compuesto por millones de personas. Era un niño.
—Yo también —respondió ella.
Matías se sentó enfrente.
—Quiero saber dónde está.
Ana apoyó lentamente la taza sobre la mesa.
—Entonces averigüemos.
No dijeron nada sobre por qué era importante. Tampoco intentaron convencerse de que se trataba simplemente de una preocupación profesional. Los dos sabían que había cientos de niños como Noah. Miles. Sabían también que no podrían salvarlos a todos. Pero quizás ésa fuera una de las primeras decisiones que podían tomar después de la guerra: dejar de pensar únicamente en aquello que era imposible y comenzar por una persona concreta.
Afuera alguien volvió a gritar que la guerra había terminado.
Matías miró a Ana y comprendió que, para ellos, aquella frase acababa de adquirir otro significado. La paz no iba a comenzar cuando dejaran de sonar las armas. Iba a comenzar cuando fueran capaces de regresar por quienes habían quedado entre las ruinas.
Y en algún lugar de aquella Europa devastada, un niño llamado Noah todavía no sabía que dos personas que apenas conocía acababan de decidir buscarlo.